La primera noche, de SŌSEKI Natsume (I)

Esta vez me he atrevido a realizar una traducción literaria. Más que un atrevimiento, ha sido toda una osadía al intentar salir de mi zona de confort traductoril y arriesgar. Estoy seguro que no será la más perfecta de las traducciones.

Pero la única manera de avanzar es intentando traducir textos más complejos, que tengan una dificultad, que me ayude a seguir avanzando y mejorando. ¿Porqué no hacerlo con una obra del genio de SŌSEKI Natsume? Así que, aquí tenías una pequeña muestra de la primera parte de sus terrores nocturnos, la colección de cuentos y de pesadillas, que quizás nos recuerden un poco a Edgar Allan Poe. ¡Espero que os guste y próximamente acabaré de traducir esta primera noche de terror!

Tuve un sueño como este

Me estiré al borde de la cama, junto a una mujer, acostada boca arriba y ella me hablaba suavemente sobre la muerte. Ella estaba allí tendida y el contorno de su cara, redondeada, delicada, quedó cubierta por sus largos cabellos. Las mejillas, pálidas, aún mantenían un cierto color rojizo y caliente de la sangre, por supuesto, también lo tenía ense sus labios. No parecía que fuera a morirse. Sin embargo, la mujer, susurrante, me decía claramente que se moría. Ni yo mismo pensaba que realmente se le acababa la vida. Entonces, ¿se moriría? La miré desde arriba, si realmente no estaba muerta, abriría sus grandes ojos, que tenían cierto encanto, envueltos por unas largas y negras pestañas. En lo más profundo de sus pupilas observé mi propia imagen.

Miré hacia lo más profundo de aquellos ojos negros y me preguntaba si realmente se estaba muriendo. Al fin y al cabo, en ese momento, la mujer lucía un buen aspecto y me volví a preguntar una vez más si realmente se moriría. Con voz tranquila me volvió a decir que sí, que se moría. Mientras su mirada se clavaba en mis ojos, le pregunté si podía verme.

-¿Es que no ves tu cara? Está reflejada en mis ojos – dijo sonriente.

Enmudecí. Fui levantando la cabeza de la almohada, crucé los brazos en mi pecho y volví a preguntarme si realmente se estaba muriendo. Al poco rato, la mujer volvió a hablar.

-Si me muero, entiérreme. Excave un gran agujero con una enorme concha para mí. Como señal de mi tumba, utilice un trozo de estrella fugaz, caida del cielo, siéntese y espere cerca, porque regresaré.

-Le pregunté cuando pensaba regresar.

-En cuanto el sol se levante. Y lo vuelva a hacer. Cuando el sol rojizo vaya de este a oeste y lo vuelva a hacer de oriente a poniente. Hasta entonces, ¡espéreme!

Asentí con la cabeza. El tono de voz de la mujer era tranquilo pero en lo último aumentó su intensidad.

– ¡Por favor! ¡Espéreme unos cien años!

-¡Cien años! Siéntese cerca de mi tumba ese tiempo, porque regresaré.

Le respondí que lo haría y le prometí que le esperaría. Entonces, pude volver a ver mi imagen en lo más profundo de sus pupilas negras, pero esta acabó por desaparecer, como desaparece una imagen, reflejada en el agua y luego la agitamos. Sus ojos se cerraron y unas lágrimas brotaron entre sus pestañas y cayeron sobre sus mejillas. Ella murió.

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